Cuando
hablamos de tolerancia, muchas veces caemos en el error de asociarlo
conciente o inconscientemente al concepto de “aguante” o
“resistencia moderada” hasta que dicho aguante llegue a su tope y
entonces surja la intolerancia, la impaciencia, la discriminación y
otros males socialmente reconocidos.
Algunas personas no ven a la tolerancia como un valor en si mismo o
como una virtud para poner en práctica, precisamente porque lo
aíslan de otros valores fundamentales y lo asocian solamente con ese
“aguante hasta quien sabe cuando”, que mencionábamos anteriormente.
Por otra parte no sería posible tolerar una situación si a ésta no
se la comprende u observa desde diferentes puntos de vista.
Hoy podemos hablar de varios tipos de tolerancia: política,
religiosa, étnica o racial, etc.
El concepto de tolerancia consiste en el hecho de respetar,
comprender y aceptar las diferencias de todo tipo, especialmente
entre las personas, pues es allí en donde debemos hacer un esfuerzo
conciente para lograr una sana convivencia.
Para el ejercicio de la tolerancia es necesario tener una mente y un
corazón amplio y universal que trascienda los límites de nuestra
propia cultura, raza, nacionalidad o creencia. ¿Cómo se logra esto?
A través de reconocer y valorar a todos los seres humanos como
pertenecientes a una gran familia mundial con un ser creador en
común, llámeselo Dios, Alá, Jehová, Espíritu Universal, el Absoluto,
etc. que tiene un claro propósito para nuestras vidas y que desea la
felicidad y la paz para todos los pueblos.
Lo importante es descubrir esa dimensión espiritual en común que
poseemos todos los seres humanos y conocer nuestro propósito, porque
sólo es posible el ejercicio de la tolerancia como un valor
esencial, si va acompañada de comprensión, amor, respeto y empatía
hacia los demás seres que nos rodean.