La libertad se define como el derecho de la persona a
actuar sin restricciones, siempre que sus actos no interfieran con
los derechos equivalentes de otras personas. Es la capacidad de
autodeterminación de la voluntad, que permite a los seres humanos
actuar como deseen. En este sentido, suele ser denominada libertad
individual.
También el término se vincula al de la soberanía de un país en su
vertiente de “libertad nacional”. Aunque desde estas perspectivas
tradicionales la libertad puede ser civil o política, el concepto
moderno incluye un conjunto general de derechos individuales, como
la igualdad de oportunidades o el derecho a la educación.
Por un lado, se trata de una facultad natural de los seres humanos
para obrar o no de determinada manera, y por otro significa la
condición de quien no es esclavo, ni está preso, o que no es
obligado tiránicamente por gobiernos o dictadores.
Ejercitar la libertad implica responsabilizarnos por nuestros actos
o conductas y por sus resultados. Generalmente se confunde la
libertad con la independencia, pero no son la misma cosa. En
nuestras relaciones con los demás, desde las más privadas hasta las
de nuestra vida laboral, académica y social, dependemos de gente,
grupos e instituciones a los que estamos ligados por razones
afectivas, por necesidades prácticas, por obligaciones éticas y por
normas y leyes. Sin embargo, no dejamos de ser libres para elegir
cómo, cuándo, con qué o con quién nos comprometemos.
Algunas de esas elecciones están guiadas por inclinaciones o por
gustos propios y no tienen demasiada trascendencia, en tanto que
otras precisan una reflexión más profunda sobre las necesidades y
las motivaciones en las que se apoyan, y sobre sus alcances y sus
consecuencias.
Todas las personas, independientemente de su edad, sexo,
nacionalidad, religión o cualquier otra característica poseen el
derecho de gozar de este valor.
La libertad verdadera nos permite hacer o dejar de hacer lo que
deseamos: elegir una forma de vida, estudiar, trabajar, viajar, etc.
Pero la libertad está limitada, ya sea por los dictados de la
naturaleza (no podemos tomarnos la libertad de tirarnos de un
séptimo piso conociendo la ley de gravedad) o por normas morales,
civiles, religiosas o éticas (por ejemplo: no hacer lo que no nos
gusta que nos hagan a nosotros).
Para actuar con verdadera libertad necesitamos, además de observar
las leyes que protegen las libertades de los ciudadanos, practicar
las virtudes de la responsabilidad, el respeto, la solidaridad, la
tolerancia, la justicia, etc. Así, podremos asegurarnos de que
nuestra libertad no será nunca un obstáculo para la de los demás.
Las personas libres piensan y actúan por sí mismas, pero lo hacen en
función de procurar el bienestar de los que los rodean. Evalúan las
consecuencias de sus actos y toman decisiones de acuerdo con ellas.
Las personas que no son libres, en cambio, no deciden por ellas
mismas. Tal vez se dejan arrastrar por una moda, obedecen a una
autoridad por miedo o por comodidad, sin cuestionarse nada, aunque
sepan que algo está mal.
La libertad se pierde también ante quienes hacen abuso de su poder o
de su fuerza y obligan a pueblos enteros a soportar toda clase de
atropellos, anulando sus derechos.
Cuando una persona no puede ser ella misma, y ha perdido la voluntad
y la capacidad de decidir frente a alguien o algo que la domina (las
drogas, la ambición, otra persona), deja de ser libre.
Podemos citar el artículo 19 de la Declaración Universal de los
Derechos Humanos que dice:
“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de
expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de
sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones,
y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier
medio de expresión.”
Ningún estado puede prohibir o censurar la difusión de las ideas. Ni
siquiera en el caso de que esas opiniones sean desfavorables a las
autoridades de turno. Pero este derecho se debe ejercer como todos,
con responsabilidad. Las noticias que se publican deben ser
confirmadas o, de lo contrario, debe aclararse que no lo están. La
libertad de prensa también debe basarse en la honestidad.
¿Qué nos impide ser libres?
El miedo, que nos paraliza, dejarnos llevar por las modas, la
ignorancia, que limita la capacidad de análisis y de crítica, el
conformismo, que nos lleva a aceptar pasivamente cualquier
imposición.
La libertad nos permite “soñar en grande” y también nos da la
posibilidad de trabajar para concretar nuestros sueños.
Historia: Libertad,
desapego y felicidad
La historia se refiere a un individuo que se mudó de aldea, en la
India, y se encontró con lo que allí llaman un santo o sennyasi.
Esta es una persona que vive de lo que le dan, como los monjes
mendicantes y se mueve libre de lugar en lugar, errante. Una persona
que, tras haber alcanzado la iluminación, comprende que el mundo
entero es su hogar, el cielo su techo, los hombres sus hermanos y
Dios es su Padre, que cuidará de él. Por eso se traslada de un lugar
al otro, sin preocupaciones, tal como tú y yo nos trasladaríamos de
una habitación a otra de nuestro hogar.
Al encontrarse con el sennyasi, el aldeano dijo: "¡No lo puedo
creer! Anoche soñé con usted. Soñé que el Dios me decía: - Mañana
por la mañana abandonarás la aldea, hacia las once, y te encontrarás
con ese sennyasi errante- y aquí me encontré con usted."
"¿Qué más le dijo el Señor?" Preguntó el sennyasi.
Me dijo: "Si el hombre te da una piedra preciosa que el posee, serás
el hombre más rico del mundo ... ¿Me daría usted esa piedra?"
Entonces el sennyasi revolvió en un pequeño zurrón que llevaba y
dijo: "¿Será ésta la piedra de la que me hablas?"
El aldeano no podía dar crédito a sus ojos, porque era un diamante,
el diamante más grande del mundo. "¿Podría quedármelo?"
"Por supuesto, puede conservarlo; lo encontré en un bosque. Es para
usted."
Siguió su camino y se sentó bajo un árbol, en las afueras de la
aldea. El aldeano tomó el diamante y ¡qué inmensa fue su dicha! Como
lo es la nuestra el día en que obtenemos algo que realmente
deseamos.
El aldeano en vez de ir a su hogar, se sentó bajo un árbol y
permaneció todo el día sentado, sumido en meditación. Y, al caer la
tarde, se dirigió al árbol bajo el cual estaba sentado el sennyasi,
le devolvió a éste el diamante y dijo: "¿Podría hacerme un favor?"
"¿Cuál?" le pregunto el sennyasi.
"¿Podría darme la riqueza que le permite a usted deshacerse de esta
piedra preciosa tan fácilmente?"