Valores humanos. La inteligencia

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“El juez más justo y el más implacable de nuestro actos es nuestra propia conciencia” (Anónimo)

Así como la avaricia es la manifestación de lo avaro y la inmundicia, la manifestación de lo inmundo; la justicia (del Latín iustitia) es la manifestación de lo justo.

Cuando hablamos de justicia, generalmente lo asociamos con los valores de la verdad, la sabiduría y el discernimiento, porque debemos hacer un esfuerzo mental para conocer y diferenciar entre lo que es justo e injusto.

La justicia implica dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. Es la virtud que expresa la disposición del alma de obrar bien y correctamente.

Cuando por diferentes circunstancias o por una acción ajena, es cesada o quitada la posesión o el goce de las cosas que cada uno tiene atribuido, se produce la injusticia.

Sin embargo, el tema no es tan fácil como aparenta serlo. Por ejemplo: ¿es justo tener compasión o misericordia por alguien? ¿Es justo ser generoso y dar más de lo que ese alguien merece?

¿Cuál es el propósito de la justicia en sí misma? Podemos afirmar que la misma tiene que ver con el mantenimiento y el equilibrio del universo a través de las leyes que lo rigen.

El célebre Santo Tomás de Aquino, en su Summa theológica (1265-1273) dice: “la justicia es el hábito por el cual uno, con constante y perpetua voluntad, da a cada uno su derecho".

Platón, decía que la justicia es la virtud fundamental de la cual se derivan todas las demás virtudes, pues constituye el principio armónico ordenador de éstas, el principio que determina el campo propio de acción de cada una de las demás virtudes: de la prudencia o sabiduría para el intelecto, de la fortaleza o valor para la voluntad y de la templanza para los apetitos y tendencia.

Para Aristóteles “la justicia es expresión de la virtud total o perfecta”, de la cual dice que “consiste en una medida de proporcionalidad de los actos, la cual representa el medio equidistante entre el exceso y el defecto”.

En la Biblia. “Justicia” significa, la suma de todo bien, se llama justa a la persona buena, piadosa, humanitaria, caritativa, agradecida y temerosa de Dios.

Un obstáculo a este valor, que nos viene fácilmente a la mente, es el prejuicio, que niega al hombre sus derechos humanos, o dificulta su ejercicio, por el color, raza, nacionalidad o religión. Otro obstáculo puede ser el individualismo egoísta, un defecto producto quizá de una niñez estancada, llena de privaciones. Es nuestro deber quitar estas barreras si queremos que la virtud de la justicia actúe con plenitud en nuestro interior.

Entre las diversas clasificaciones de justicia, podemos hacer dos grandes diferenciaciones; por un lado, una “justicia vertical e invisible”, la cual va más allá de nuestras voluntades individuales o humanas, es decir una justicia Divina, cósmica, universal, la ley natural o la famosa ley del karma (“lo que se da, se recibe”, “quien mal hace, mal recibe”, “según sean las acciones de los hombres, así será la recompensa”, “lo que uno siembra, eso cosechará”) y por otro lado, una justicia horizontal, que tiene que ver con las acciones concretas entre los hombres, el principio de la equidad («dar a cada uno lo suyo») y ley de la reciprocidad o correspondencia (equivalencia entre lo que se da y se recibe).

En pocas palabras, está en cada uno de nosotros decidir, si ponemos mayor énfasis o prioridad en la justicia humana y pasajera o en aquella divina o trascendente.

Historia: Espíritu de justicia

Ejerciendo el cargo de Naib o corregidor de la ciudad de Esmirna, Mourad Bey ordenó que se inspeccionaran las pesas y medidas usadas por los comerciantes, y que fueran castigados con severas penas, aquellos que las usaban en forma ilegal, pues defraudaban al pueblo.

El padre de Mourab se contó entre los comerciantes que habían incurrido en aquella falta, y el día de la inspección presentó a la comisión presidida por su hijo las pesas y medidas ilegales que había usado, suponiendo que, aquél no haría castigar a su propio padre, pero, por desgracia para él, se equivocó; pues Mourad le aplicó todo el rigor de la ley, condenándolo a una multa y a un castigo corporal.

La sentencia fue pronunciada sin dilación, después de la cual, el hijo se arrodilló frente a su padre y le dijo:

"Padre mío faltasteis al cumplimiento de vuestro deber y merecisteis por ello el castigo que la ley, y no yo te ha inflingido, no ha dejado de causarme una gran pena ser yo el instrumento y de haber tenido que llevar a cabo el castigo.

He cumplido mi deber para con Dios, para con mi patria, para con mi rey, permitidme ahora que cumpla mi deber como vuestro hijo, compadecedme y perdonadme señor, porque escuchando tan solo la voz de mi conciencia que me ordena ser justo he cometido tal acción."

Después de obtener el perdón de su padre, también obtuvo el reconocimiento del sultán, quién lo promovió a un puesto de mayor categoría.

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