Solemos participar en conversaciones en donde
escuchamos o decimos frases como: “Mi hijo es muy inteligente, ya
sabe contar hasta cien” o “Tiene que ser muy inteligente para seguir
tal o cual carrera”. Sin embargo, vamos a encarar este valor o
virtud como tal y para que lo sea, tiene que reunir una serie de
requisitos que vayan más allá de una mera capacidad intelectual.
La persona
"intelectual"
utiliza predominantemente las funciones
propias del intelecto (razonamiento, cálculo, deducción lógica,
etc.); en cambio la persona
"inteligente" combina de forma
armoniosa las funciones del intelecto, la emoción y la voluntad.
Los animales también están dotados de una inteligencia con la cual
son capaces de crear una acción nueva ante un hecho nuevo, siempre
que sea para llenar una necesidad vital.
El hombre, en cambio, es capaz de tener inventiva en distintos aspectos
de la existencia y también de crear música, obras de arte, de
emocionarse ante ellas, además de tener actividad espiritual y
religiosa.
La inteligencia y la capacidad de razonar tienen un principio
genético heredado de los progenitores, también depende de múltiples
factores y estimulaciones tales como: la educación familiar, escolar
y curricular, condiciones alimenticias, sanitarias, etc.
Estos factores cambian según las circunstancias, posibilitando
aumentar o disminuir el nivel de inteligencia, sin perder de vista
que las fuerzas ambientales son eficaces y tienen gran influencia
dentro de los límites fijados por la herencia genética.
La noción de inteligencia se refiere a la aptitud de las personas
para desarrollar pensamiento abstracto y razonar, comprender ideas
complejas, resolver problemas, superar obstáculos, aprender de la
experiencia integrándola y saber usarla en el momento oportuno,
adaptarse con éxito a los cambios tanto de ambiente como laboral o
de estudio.
El Dr. Goleman de la Universidad de Harvard afirma en su obra La
Inteligencia Emocional: "Las habilidades emocionales son a veces más
importantes para nuestro futuro que el cociente intelectual".
Se ha venido constatando por la observación en el espacio y en el
tiempo que, una persona estudiada con alto Coeficiente Intelectual (CI),
no es garantía necesaria de éxito en la vida, en las relaciones
humanas, en el trabajo o el liderazgo. Puede serlo en cambio otra
persona con un (CI) no tan elevado, pero que se especializa en algo
o al que se le agrega otras cualidades distintas en el campo
espiritual y conceptual, tales como saber estimular y controlar las
emociones. Se hace necesario entonces el desarrollo de los valores y
las virtudes humanas.
Si bien es verdad que los sentimientos “demasiado intensos y
desordenados” pueden entorpecer los procesos de la razón; las
emociones y la voluntad combinadas armoniosamente con el raciocinio
son sumamente necesarias para el buen cultivo de la inteligencia
como valor integral del ser humano.
Tal como se enseñan desde pequeños a los niños, las matemáticas, el
alfabeto, la geografía, la historia, etc. también se necesita que
padres y educadores ayuden a formar el carácter y la inteligencia
emocional ya que se ha descubierto que es de orden prioritario.
Los impulsos emocionales tienen influencia en la adecuada toma de
decisiones.
La inteligencia como valor humano, capaz de elevar nuestra calidad
de vida en todos los aspectos, no depende exclusivamente del aspecto
genético, sino que fundamentalmente depende de la interacción con el
medio: la educación, el ejercicio, el esfuerzo y los ejemplos de
vida que influyen en nuestro ser interior.
Lo importante es no quedarnos en un determinismo genético, sino
realizar todo el empeño para incorporar a la educación elementos que
favorezcan las cualidades y aptitudes emocionales tales como la
creatividad, el optimismo, la empatía, la perseverancia, el
autodominio, etc. Por lo tanto, la inteligencia emocional puede ser
aprendida e imitada en gran parte y continúa desarrollándose a
medida que avanzamos en la vida y aprendemos de nuestras
experiencias.
Nuestra aptitud, en ese sentido, puede continuar creciendo al
aprender a manejar nuestras propias emociones, desarrollar los
valores y virtudes hasta alcanzar la cúspide vital de nuestras vidas
en plenitud y sabiduría.
Todas las emociones son esencialmente impulsos hacia la acción, cada
una de ellas inclina a un determinado tipo de conducta.
Una de las destrezas de la inteligencia emocional es la empatía, es
la capacidad de interpretar los sentimientos ajenos y comprender a
los demás poniéndose en su lugar.
Existe una urgente necesidad en nuestra sociedad, de desarrollar la
verdadera inteligencia como una virtud esencial, que nos hace ser
verdaderamente buenos, exitosos y capaces de servir al propósito de
la totalidad, porque de otro modo, la inteligencia sin bondad, deja
de ser un valor apreciado (del mismo modo que la libertad sin
responsabilidad).
Esta necesidad de inteligencia-virtud (y de la educación en valores)
está muy bien expresada en una carta escrita por el director de una
escuela estadounidense que sobrevivió a los campos de concentración
de Hitler. Él aprendió de esta experiencia que si no están claras
las prioridades, aún la persona más educada puede convertirse en un
criminal.
Carta a los nuevos maestros
Cada vez que llegaba un nuevo maestro
a su institución, le enviaba dicha carta al docente recordándole que
las atrocidades de los cuales él fue testigo fueron cometidos por
personas muy educadas:
“Querido Maestro/a:
Soy un sobreviviente del holocausto… Mis ojos vieron lo que nadie
tendría que ver: cámaras de gases construidos por ingenieros bien
entrenados, niños envenenados por médicos recibidos, bebés
asesinados por enfermeras adiestradas, mujeres y bebés fusilados y
quemadas por personas graduadas de la Secundaria o de la Facultad.
Por consiguiente, tengo mis sospechas acerca de la educación...
Mi súplica es: Ayuden a sus alumnos a convertirse en verdaderos
seres humanos. Nunca sus esfuerzos tendrían que producir monstruos
eruditos, psicópatas con habilidades u otra persona como Adolfo
Eichmann (uno de los organizadores más destacados del exterminio de
los judíos europeos).
Leer, escribir y la aritmética son importantes sólo si sirven para
ayudar a los niños a ser más humanos.”