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Buscar la excelencia en todos los
aspectos de la vida significa hacer lo mejor posible en todo momento
y en todo lugar, dando lo mejor de nosotros mismos dentro de las
circunstancias en que nos toca vivir, para que el resultado sea
óptimo, utilizando los recursos que estén a nuestro alcance y las
actitudes correctas.
La excelencia como virtud está íntimamente asociada al optimismo y a
la perfección. El optimismo es la mirada positiva, la perfección es
la meta y la excelencia es el camino.
A diferencia del “perfeccionista” que se detiene obstinadamente en
la perfección de aquello que quizá no sea lo más prioritario o
importante para un momento dado, el que va por el camino de la
excelencia convierte todo lo que ve y toca en algo importante,
valioso y digno de ser admirado.
El slogan de la excelencia es “Si vamos a hacer algo, ¡hagámoslo
bien!” Sin embargo, no debemos descuidar la regla de oro para
discernir entre un valor o una virtud de un anti-valor o un defecto,
por ejemplo, aquellos que dicen “Si vamos a robar hagámoslo bien, o
si vamos a drogarnos, hagámoslo bien”, no tienen nada que ver con la
excelencia, más bien se trata de ladrones y adictos que tarde o
temprano se destruyen a si mismos. ¿Y cuál es esa regla de oro para
determinar si un acto es excelente o no? Sólo la práctica del bien
supremo, es decir el bien que beneficia a todos los seres y abraza a
todos los niveles más amplios de nuestra existencia, la familia, la
sociedad, la nación y el mundo, confieren a nuestros actos la corona
de la excelencia.
Las ciencias, las artes y los deportes son campos fértiles en donde
podemos sembrar el valor de la excelencia y cosechar la virtud de la
misma, ¿cómo? enfocándonos en nuestro potencial ilimitado de nuestra
mente y corazón, haciendo buen uso de la creatividad, la dedicación
y el esfuerzo en todo lo que nos propongamos.
Los resultados de quienes practican la excelencia están a la vista,
sin embargo, cuando hablamos de valores y virtudes, no olvidemos que
las actitudes nacen de adentro de nuestro ser, de lo profundo del
corazón, tal como lo expresan las sabias palabras de Antoine de
Saint Exúpery en su clásico libro el Principito: “Lo esencial es
invisible a los ojos” ¿Podemos sentir la excelencia dentro de
nosotros?
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Cuando nuestra vida tiene metas claras
y estimulantes, nos llenamos de vitalidad y de una fuerza impulsora
capaz de vencer todos los obstáculos. A esta fuerza interior,
acompañada de una emoción muy particular, la podemos denominar
“entusiasmo”. La palabra “entusiasmo” viene del griego “en theos”,
que significa “en Dios”. Entusiasmo significa “Dios en el hombre”.
Cuando Dios entra en el hombre, tenemos valores más elevados y nueva
motivación para vivir.
Por ejemplo, el Taller de Valores y Virtudes y su sitio en la Web,
surge de una profunda convicción y de una visión enfocada en el
mejoramiento de la calidad de vida, a través del reconocimiento, el
estudio, la comprensión y la puesta en práctica de los valores
sociales universales y las virtudes individuales del ser humano.
Puede ocurrir que a todo aquel que muestra entusiasmo en la defensa
de una convicción se le reproche que pretenda imponerla a otros, de
forma intolerante. Sin embargo, esa defensa entusiasta y
fundamentada de una idea no necesariamente sea una imposición.
Sentir entusiasmo por algo significa que uno se ve muy enriquecido
por ello y desea conservarlo como una fuente de plenitud y de
felicidad. Defenderlo no significa imponerlo, sino querer vivirlo y
compartirlo con otras personas. Este deseo tiene carácter
participativo e interactivo. Un valor no se impone nunca; atrae. El
que participa de algo valioso tiende por ley natural a sugerir a
otros que se acerquen al área de imantación de tal valor. El resto
lo hace el valor mismo, que acaba de atraerlos hacia sí.
Es por ello que el entusiasmo está íntimamente unido a la
motivación, al deseo por alcanzar los anhelos y deseos más profundos
de nuestro ser y nos predispone a enfrentar grandes desafíos y a
superar cualquier dificultad u obstáculo que se interponga en
nuestro camino, obviamente es necesario añadirle a este valor el
ingrediente de la paz.
Uniendo, además, este valor con el equilibrio, la prudencia, la
armonía y la constancia podremos asegurarnos de que llevaremos a
cabo nuestro accionar sin excesos ni fanatismos, sin caer en los
extremos de ninguna índole.
Entusiasmo, como dijimos al comienzo, es tener a Dios en nosotros y
a nosotros en Dios, esto es, poseer una mente amplia y abierta capaz
de abrazar y unificar todos los asuntos del ser humano y su entorno,
asumiendo responsabilidad por nuestros actos cotidianos y sirviendo
con amor a una causa noble capaz de beneficiar al mundo que nos
rodea.
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