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Discernimiento

Según la Real Academia Española, discernir (Del latín discernere), significa, distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas.

Es necesaria la virtud del discernimiento para reconocer una virtud y practicarla, ésta se desarrolla a través de la observación y diferenciación de todas las cosas y de los acontecimientos, ya sean estos externos o tangibles o internos e intangibles.

Podemos definirlo como la facultad de distinguir entre lo real y lo irreal, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor, lo recto y lo erróneo; entre lo que tiene importancia y lo que no la tiene; entre lo útil y lo inútil; lo egoísta y lo desinteresado.

El discernimiento es esto y mucho más; y debe practicarse en cada paso del sendero de nuestras vidas. Si la conciencia es la brújula, el discernimiento es la aguja que marca con exactitud el norte de nuestras vidas.

El discernimiento está asociado directamente con la conciencia, la prudencia y la inteligencia. Con el tiempo, a esta conjunción íntima de valores asociados se le sumará la “sabiduría” que corona a la persona que vivió su vida conociendo, enseñando y practicando las virtudes.

Desde niños aprendemos a discernir, “a grosso modo” y en un nivel muy básico, entre lo bueno y lo malo, entre lo lindo y lo feo, entre lo grande y lo chico, etc. Más adelante aprendemos a discernir entre lo mejor y lo peor, lo medianamente bueno y lo medianamente malo, y a percibir una amplia gama de valores dentro de la diversidad que nos rodea. Finalmente y sin pretender promover el relativismo moral que muchos utilizan para justificar sus egoístas decisiones, llegamos a cierta madurez de discernimiento cuando aprendemos a ver las cosas “tal como son” y a diferenciarlas entre sí, sin juzgarlas, sino más bien dándoles el valor justo que les corresponde en determinado contexto del tiempo y el espacio.

Con discernimiento, también podemos encontrar, valorar y desear aquellas cosas que merecen ser alcanzadas, aquellas trascendentes, que son perdurables; y que una vez descubiertas, aminoran el deseo por otras cosas más superfluas e insignificantes.

En cuanto a la educación se refiere, se necesita discernimiento para elegir cuidadosamente lo que valga la pena aprender y enseñar. Una educación basada en valores para vivir, es fundamental, urgente y prioritaria en la sociedad actual, la cual está llena de violencia, injusticia e inseguridad.

El discernimiento nos ayuda a distinguir no sólo lo útil de lo inútil, sino también lo más útil de aquello que sea menos útil. Por ejemplo, el acto solidario de alimentar a los pobres es una obra buena, noble y útil (dar el pescado); pero alimentar a las almas (enseñarle a pescar, además de compartir la comida, obviamente) es más noble y más útil que nutrir sólo los cuerpos. Aquellos que aplican e incorporan valores y virtudes en su vida diaria pueden alimentar las almas de los demás.

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