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La educación en los valores
“La mayor necesidad del mundo es la de
hombres que no se vendan ni se compren; hombres que sean sinceros y
honrados en lo más íntimo de sus almas; hombres que no teman dar al
pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan
leal al deber como la brújula al polo; hombres que se mantengan de
parte de la justicia aunque se desplomen los cielos” (Elena G. de
White. La Educación)
Educar en valores es uno de los temas más importantes que
actualmente se está debatiendo entre los teóricos de la educación,
pero éste es y ha sido siempre uno de los pilares fundamentales de
la vida religiosa en las diferentes tradiciones.
Leemos en los Proverbios 22:6: “Instruye al niño en su camino, y aún
cuando fuere viejo no se apartará de él”.
¿Qué quiere decir este versículo? Que una vez que aprendamos el
mecanismo de la regla de tres simple, esto nos acompañaría toda la
vida? o que entender ¿cómo y por qué se hace la fotosíntesis en las
plantas nos haría mejores personas?
No, evidentemente a lo que se está haciendo referencia es a algo
mucho más importante, algo de lo que nunca deberíamos apartarnos, y
sobre lo que debemos construir nuestra vida: Una educación en
valores.
No es suficiente que el alumno adquiera datos, conocimientos, y
desarrolle habilidades. Lo fundamental es que se transmitan valores.
Cuando hablamos de valores no lo hacemos en sentido económico (el
valor, precio de una mercadería), tampoco lo hacemos en el sentido
financiero (Bolsa de valores); sino que lo hacemos en un sentido
moral, ético, espiritual.
Los valores son referentes, pautas que orientan el comportamiento
humano hacia la transformación personal y social y nos conducen la
realización plena de la persona. Son guías que dan determinada
orientación a la conducta y a la vida de cada persona y a cada grupo
social. Siempre nos hacen más plenos. Aspiran a lo que llamamos
felicidad.
Los valores pueden ser espirituales, morales, intelectuales,
estéticos, afectivos, económicos. Y entre ellos se puede establecer
prioridades. Los valores espirituales, éticos y morales deberían
presidir nuestras escalas de valores. Si mi mayor valor es estético,
la belleza física por ejemplo, todos los otros que vienen por debajo
funcionarán a favor del más importante. Una persona puede no ser
creyente, pero puede tener valores éticos. Si mi primer valor o el
más importante en mi vida es lo espiritual, todo lo demás se
impregna de espiritualidad.
Al mencionar algunos como: lealtad, honestidad, pureza, fidelidad,
perseverancia, honradez, cooperación, amor, paciencia,
agradecimiento, amistad, justicia, bondad, consideración, etc. Vemos
que los valores siempre hacen referencia a una excelencia, a una
perfección.
Albert Einstein nos recuerda que: “Es esencial que el estudiante
adquiera una compresión y una clara percepción de los valores... de
lo que es moralmente bueno. De otra manera, con su conocimiento
especializado, se parecerá mucho más a un perro bien adiestrado que
a un persona armoniosamente desarrollada” (Albert Einstein)
“El verdadero maestro no se satisface con transmitir únicamente
conocimientos técnicos, con hacer de sus alumnos meramente
contadores expertos, artesanos hábiles o comerciantes de éxito. Su
ambición es inculcarles principios de verdad, obediencia, honor,
integridad y pureza, principios que los conviertan en una fuerza
positiva para la estabilidad y la elevación de la sociedad” (Elena
G. de White. La Educación)
Los antivalores:
La crisis actual es fundamentalmente una crisis de valores. A menudo
lo bueno y lo malo están mezclados y confundidos en una cultura del
“que me importa”, del “sálvese quien pueda” (porque no hay
solidaridad), “todos lo hacen” (no hay responsabilidad individual),
“todo es igual, nada es mejor”, “no hay futuro que valga” (porque no
hay esperanza), “mientras no me afecte...”, “si te da placer o te
hace feliz, lo demás no importa”. Se valora a las personas por lo
que tienen más que por lo que son. Estos mensajes nos llegan a
través de los medios y de la publicidad. También los recibimos a
diario por medio del descrédito de los dirigentes, el egoísmo y el
abandono de las responsabilidades, la aparente diferencia entre la
democracia formal y la real, los privilegios e influencias de los
grupos económicos, la crisis educativa y de ejemplaridad, la moda en
la que sólo se valora la belleza exterior, (a veces hasta la
perfección esquelética) y se usa la mentira como una de las
violaciones éticas más comunes.
En un mundo con tales características, los que intentamos rescatar
los valores, y más aún, vivir en valores, somos vistos como fuera de
moda, bichos raros, especies en vías de extinción.
¿Qué hacer?
Debemos tomar conciencia, pero no sólo eso, hay que actuar: Podemos
tomar partido de dos maneras:
A nivel humano:
1- Todos somos educadores-educandos, (influyentes-influídos). Este
es un tema que no sólo toca a los docentes, en este sentido todos
enseñamos y aprendemos a la vez. Enseñamos y aprendemos de la forma
más determinante, con el ejemplo. No importa a qué tarea nos
dediquemos, en cualquier caso que sea, podremos mostrar otra
realidad. No para sentirnos diferentes, sino para mostrar un modelo
mejor.
2- Tengamos en cuenta el ejemplos de los grandes hombres que nos
precedieron, porque ellos también vivieron en sociedades que les
resultaron contrarias a sus creencias, no somos los únicos que
estamos rodeados de una realidad dura y adversa.
3- Resistamos a la “sociedad de consumo” que nos “cosifica”.
Relacionémonos con los otros como lo que somos: personas. Veamos en
cada ser humano a un hijo de Dios.
4- Seamos agentes de cambio, cambiando de actitud, aún en las
pequeñas cosas:
- cuando nos impongan explotación, propongamos conservación.
- cuando nos impongan apropiación, propongamos compartir.
- cuando nos impongan competencia, propongamos cooperación.
- cuando nos impongan jerarquía y obediencia, propongamos acuerdo.
- cuando nos impongan violencia, propongamos mediación.
- cuando nos impongan dominación, propongamos colaboración.
- cuando nos impongan autoritarismo, propongamos respeto.
- cuando nos impongan belleza exterior, propongamos belleza
interior.
- cuando nos impongan materialismo, propongamos espiritualidad.
A nivel espiritual:
1- Dios nos dice cada día que somos sus hijos. Entonces, mostremos
su carácter, vivamos a la altura de las circunstancias y de nuestra
responsabilidad. Somos sus embajadores.
2- Cuando conocimos a Dios elegimos y discernimos entre lo bueno y
lo bueno, ahora debemos elegir entre lo bueno y lo mejor. Si
elevamos la categoría de nuestros valores, subirá cada vez más
nuestra propia escala.
Conclusión:
En educación hablamos de valores, pero en el sentido espiritual, los
conocemos con otro nombre.
Gál. 5:22 “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia,
benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”
Por eso manifestemos los frutos del espíritu divino y sigamos el
consejo de Pablo en Filipenses 4:8-9: “...todo lo que es verdadero,
todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo
lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo es digno de
alabanza, en esto pensad. Todo lo que aprendimos y recibimos y oímos
y vimos en Jesucristo, esto hagamos; y el Dios de paz estará con
nosotros”.
(Agradecemos la colaboración de Jesús González Lozada) |