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El poder de darse cuenta
“La vida es una gran escuela, y la
naturaleza es la principal maestra, pero si no nos damos cuenta, no
podemos escuchar a la maestra”. Porque es el “darse cuenta” lo que
“transforma las lecciones de vida en sabiduría; puede convertir
circunstancias confusas y eventos en conocimiento útil”.
Estas son las palabras de Dan Millman, un campeón del mundo de
gimnasia del trampolín, entrenador de gimnasia de la Universidad de
Stanford, extraídas de su libro “El atleta Interior”, y que ponen el
acento sobre el hecho que aprender es la respuesta a una demanda: la
de tener que hacer algo que, hasta ahí, éramos incapaces de hacer. Y
que, si antes éramos incapaces, en el proceso de llegar a hacerlo
bien, necesariamente deberemos cometer errores…pero el problema no
está en el error en sí, sino en ignorarlo o mal interpretarlo.
En efecto, es el “darse cuenta” el comienzo de todo aprendizaje,
porque una vez que hemos tomado conciencia del error o de alguna
imposibilidad, recién podemos modificar alguna de las acciones que
nos podrían conducir a obtener mejores resultados.
Y un ejemplo de qué es esto de “darse cuenta” y de sus implicancias,
lo proporciona el mismo Dan con una anécdota personal, referida a un
día que, en una entrevista, le preguntaron cómo había podido
evolucionar desde ser un atleta a ser un escritor de libros y
conferencista. A lo cual contestó: “Mi evolución de atleta a
entrenador y autor/conferencista no es realmente tan extraña. Cuando
era un joven gimnasta, descubrí que no tan sólo amaba aprender cosas
nuevas, sino que además me encantaba enseñar estas nuevas cosas a
los otros. La escritura y las charlas se convirtieron en una
extensión natural a mis enseñanzas. Empecé a escribir artículos
sobre la gimnasia. Entonces, tal y como mis intereses se fueron
expandiendo (más allá del campo de lo atlético en el reino del
potencial humano), así ocurrió con mis escritos y charlas. Siempre
he tenido un profesor en mi corazón - y eso nunca cambió. Mis
escritos y charlas son formas de compartir lo que he aprendido con
el resto del Mundo”… ¡Lo mismo que me pasó a mí!
De eso se trata entonces: de “darnos cuenta”. Una especie de
percepción sensible que involucra a todo el cuerpo y que nos llega a
través de la experiencia directa. En efecto, no se trataría de algo
intelectual, algo razonado, sino de algo que nos ocurre sin
explicación, como un chispazo de entendimiento que, arriesgo la
opinión, tal vez en estado más elevados es lo que algunos llaman
iluminación. Porque después de todo, como dijo Carl Jung, el famoso
psiquiatra que fuera colega de Freud, y que se dedicó a la
exploración del “espacio interno”… "la iluminación no consiste en
ver formas luminosas y visiones, sino en hacer visible la
oscuridad”.
Suena interesante, pero… si “darse cuenta” es la condición básica de
nuevos aprendizajes que nos posibilitarían los cambios que deseamos
generar ¿por qué a veces hasta nos hacemos trampas para evitar
“darnos cuenta”, acallando las voces, tanto internas como externas,
que en principio nos ayudarían a lograrlos? Tal vez porque, como
explica el mismo Millman, “un signo seguro de un incremento en la
capacidad de “darse cuenta” es que nos sentimos como si fuéramos
peores”. Porque como suelo decir, con otras palabras, al estar más
“despiertos”, más concientes, perdemos el amparo y la protección que
nos brinda la bendita ignorancia.
Los seres humanos estamos diseñados para aprender, y el aprendizaje
es fuente de alegría, como lo testimonian las risas y chillidos de
un pequeño que se para solo por primera vez. Pero todo aprendizaje,
en cualquier campo, siempre implica una momentánea pérdida de
autoestima, una mella en nuestra autoimagen, y nuestros mecanismos
de defensa harán cualquier cosa, con tal de evitar el darnos cuenta,
para no tener que pasar por el dolor de la pérdida de la seguridad
(y comodidad) que nos brindaba el conocimiento previamente
adquirido.
Pero si “darse cuenta” es tan importante para nuestro aprendizaje,
en cualquier campo, ¿qué podemos hacer para superar este impedimento
para nuestro crecimiento personal? Simple, aunque no fácil,
tendremos que estar dispuestos, como dice Dan (que de esto sabe por
ser atleta) a perder imagen, a vernos momentáneamente bajo una luz
que es menos lisonjera de lo que desearíamos. Y tal vez recuperar
algo de la naturalidad de los niños, que “viven en el error”
mientras aprenden: ellos mojan los pantalones, se caen, dejan caer
cosas. Pero como no tienen nada que resistir, naturalmente pasan del
“darse cuenta del error”, a una nueva práctica, y de ésta a su
corrección, en una espiral de aprendizaje que nunca termina.
Ocurre que muchas veces no conseguimos lo que queremos, simplemente
porque… ¡no nos damos cuenta que nuestra atención está enfocada en
otro lugar!
Lic. Clara Braghiroli, Coach Profesional.
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