|
Lo inteligente es perdonar
Me conmovieron las palabras de Irene Villa que pude leer
recientemente: "Para poder vivir, lo más inteligente es perdonar".
Al releerlas ahora me siguen conmoviendo, no sólo porque proceden de
alguien que ha perdido las dos piernas en un terrible atentado
terrorista, sino sobre todo porque llegan hasta el fondo del
problema vital del perdón. La fuerza de estas palabras no radica
sólo en que muestran la grandeza de un corazón capaz de perdonar a
sus agresores; su fuerza estriba –me parece– en su valiente
apelación a la inteligencia: lo más inteligente es perdonar. Como
escribió la Madre Teresa, "el perdón no es un sentimiento, sino una
decisión". El perdón no es sentimentalismo edulcorado; es una
condición indispensable para poder vivir una vida plenamente humana.
En contraste con esta afirmación no es difícil ver a nuestro
alrededor muchas personas que hacen del rencor el doloroso centro de
su vida y a veces incluso el principal motor de su existencia.
Cuántos hermanos que no se hablan, vecinos que no se tratan,
matrimonios que se separan entre violentas recriminaciones. A esas
situaciones extremas se llega casi siempre porque se piensa
ingenuamente que no hace falta hablar, que no hace falta pedir
perdón, que el tiempo solucionará la afrenta. Sin embargo, todos
tenemos comprobado que el paso del tiempo en muchas ocasiones no
hace más que enconar las heridas y ensanchar el resentimiento. Como
dice uno de los personajes de Malcolm Lowry en su novela Bajo el
volcán, "el tiempo es un falso curandero". Lo que hace falta no es
dejar pasar el tiempo, sino aplicar la inteligencia para limpiar
bien la herida, para distinguir entre la agresión y el agresor,
entre la ofensa y la persona que la ha causado, para descubrir el
camino del perdón. En muchos entornos la reacción casi instintiva
ante la agresión –real o quizá sólo posible– es precaverse
construyendo muros que protejan, delimitando muy bien las
responsabilidades, funciones y competencias de unos y de otros, y
arbitrando unos sistemas públicos de control. Todos tenemos
experiencia de que esta actitud es a la postre del todo insuficiente
para una convivencia humana de calidad, sea en una empresa, en una
comunidad de vecinos o en la sociedad en general. Indudablemente,
hay que ser prudentes y tomar medidas para que no pueda repetirse la
agresión, pero perdonar significa tomar la decisión inteligente de
derribar las vallas para construir puentes que permitan a los demás
acercarse.
La experiencia humana muestra que mientras se identifica al agresor
con la ofensa, no es posible que cicatrice la herida ni es posible
el perdón. Más aún, si con el tiempo llega finalmente a cicatrizar
la herida, casi siempre queda como secuela un sordo resentimiento
contra el agresor capaz de reabrir la herida –e incluso de llegar a
ensancharla– cada vez que voluntaria o involuntariamente reviva en
la imaginación. Ese rencor es capaz de llenar la vida de un ser
humano incapacitándole para el perdón. Estas personas –ha escrito J.
Christoph Arnold, autor de El arte perdido de perdonar–
"constantemente defienden su indignación: sienten que el hecho de
haber sido heridas tan profunda y frecuentemente les exime de la
obligación de perdonar, pero son quienes más lo necesitan". No se
trata de olvidar lo ocurrido o de resignarse, sino –prosigue este
autor– "de tomar una decisión consciente de dejar de odiar, porque
el odio no ayuda nunca. Como un cáncer, el odio se extiende a través
del alma hasta destruirla por completo".
No puede construirse una vida humana a partir del odio, ni siquiera
a partir del odio hacia quienes contra toda justicia nos hayan
agredido, engañado o defraudado. En el último libro de Juan Pablo II
Memoria e identidad se recoge una conversación en la que el Papa y
su secretario Mons. Dziwisz rememoran la figura del asesino
profesional Alí Agca, que en la tarde del 13 de mayo de 1981 hirió
gravísimamente al Papa en la Plaza de San Pedro. "Fui testigo
–recuerda Mons. Dziwisz– de la visita del Santo Padre a Alí Agca en
la cárcel. El Papa lo había perdonado públicamente ya en su primera
alocución después del atentado. Por parte del preso nunca le oí
pronunciar las palabras "Pido perdón". Le interesaba únicamente el
secreto de Fátima". Al parecer Alí Agca no tenía interés alguno en
el perdón, sólo estaba interesado en descubrir cómo era posible que
no le hubiera salido bien el atentado: lo había preparado muy
concienzudamente y, para su sorpresa, la víctima había escapado de
la muerte, quizá gracias a una fuerza superior a su poder de
disparar y de matar. Me parece que hay algo terriblemente inhumano
en esa actitud.
El filósofo francés André Glucksmann ha recordado recientemente en
una entrevista en La Nación de Buenos Aires la tragedia clásica de
Medea para denunciar las supuestas razones de los terroristas. Al
ser abandonada por su marido Jasón y separada de sus hijos, Medea
planea una terrible venganza. "Medea se niega a toda negociación;
abre sus heridas en vez de dejarlas cicatrizar. Su dolor se
transforma en un dolor absoluto que le permite el furor absoluto.
Así llega a matar a sus hijos ante los ojos de Jasón y le explica
que si tuviera un tercer hijo en el vientre se abriría las entrañas
para matarlo también, dándose de esta forma muerte a sí misma. Medea
se transforma en una bomba humana. Al vaciarse de toda humanidad, el
odio a sí misma le permite un odio apocalíptico: la voluntad de
terminar con el universo. Ese es el mecanismo del odio: el otro no
es un blanco por lo que hace, sino por lo que es. Cuando se odia al
otro por lo que es, no hay solución: hay que hacerlo desaparecer".
Séneca es, sin duda, el gran dramaturgo clásico del odio.
Evocar a Medea sirve para recordar que no puede crecer una vida
humana a partir de la semilla del odio, pero tampoco puede una
sociedad o un grupo social determinado alimentar su cohesión
favoreciendo el odio al extraño, al extranjero, al inmigrante o a
las demás personas excluidas de la sociedad. Una sociedad realmente
democrática sólo puede construirse donde hay perdón, donde se
olvidan los agravios y se perdona a los agresores. Perdonar no es
sólo acoger con los brazos abiertos, es también tender puentes que
permitan al otro acercarse. Se dice a veces que somos bestias cuando
matamos, humanos cuando odiamos, pero que en cambio nos acercamos o
igualamos a Dios cuando perdonamos. Lo que aquí he querido decir es
algo bastante distinto: que no sólo somos bestias cuando matamos,
sino también cuando odiamos, y que en cambio somos realmente humanos
al perdonar porque lo realmente inteligente –tal como decía Irene
Villa– es perdonar.
Jaime Nubiola Profesor de Filosofía
Universidad de Navarra
http://www.fluvium.org/textos/documentacion/cul220.htm |