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Más allá de las instituciones
Así como cada uno de nosotros tenemos
nuestras virtudes y defectos, las instituciones también reflejan
este estado de contradicción. Ante los intentos de unirse, se chocan
unas con otras poniendo cada vez más barreras y terminan aislándose,
yendo cada una por sus propios caminos. La unidad deseada, la
integración, la fusión de propósitos queda frustrada y el resultado
final es más división, más conflicto, más debilidad y menos
esperanzas de un mundo mejor.
Sin embargo existe un silencioso, certero y eficaz camino. Hay una
solución a este problema, y este camino es el camino de enseñar y
practicar las virtudes universales humanas. Algunos dirán: ¿Pero
esto acaso no es una obviedad? Parece una obviedad, sin embargo aún
no se ha puesto en práctica la enseñanza y la práctica de las
virtudes como tiene que ser y con todo lo que esto significa. ¿Por
qué? Simplemente porque las virtudes siempre han estado en una
posición pasiva, objetiva en relación con las personas e
instituciones. En todos los textos de libros, revistas y periódicos,
en los documentales, en la vida familiar y en las escuelas siempre
estuvieron presentes una que otra virtud aislada y pronunciada cada
tanto pero sin la toma de consciencia del valor de las virtudes ni
con la fuerza que estas puedan tener hacia nuestras actitudes
cotidianas.
La honestidad, la humildad, la objetividad, la unidad, la armonía,
el amor, el servicio, el cooperativismo, entre otras tantas virtudes
han estado supeditadas a las instituciones mientras que debe ser
exactamente lo contrario, las instituciones deben estar supeditadas
a las virtudes, a los valores universales.
Algunos podrán argumentar que las instituciones dieron nacimiento a
las virtudes y por eso han estado siempre bajo el control de las
mismas, pero si ese fuera el caso ¿Podríamos decir que los hijos
están siempre bajo el control de los padres? ¿No llega por acaso un
momento en que el hijo madura lo suficiente como para que tome
control de su propia existencia y hasta puede superar las
habilidades de sus propios Padres? Al final de cuentas, ¿No es ese
el deseo más profundo de nuestros padres, que nosotros les superemos
en habilidades, en progresos y en felicidad, en pocas palabras, que
seamos mejores que ellos?
Es por ello que a mi parecer ha llegado el momento de enfocarnos en
re-descubrir los valores absolutos, las virtudes humanas esenciales
y darnos cuenta que las virtudes humanas poseen poder propio para
unir las instituciones y, porqué no, hasta pueden prescindir de
ellas con el fin de alcanzar más rápidamente el Ideal de los seres
humanos, la paz, la unidad, la hermandad entre los pueblos, el reino
de los cielos sobre la tierra, el paraíso de los trabajadores, etc.
Debemos aprender, practicar y enseñar las virtudes en el hogar, en
las escuelas, en los niveles secundario, superior y en la
facultad... ¿Sigue pareciendo una obviedad? Entonces preguntémosle a
un niño de cinco años que mencione cinco virtudes, a un adolescente
que mencione diez, a un adulto que mencione veinte virtudes. ¿Saben
definir cada virtud?, ¿saben cuáles son sus antónimos?, ¿saben dar
ejemplos? ¿Saben ponerlas en práctica? Apuesto a que 9 de cada diez
no responde satisfactoriamente. Otra prueba de que no es una
obviedad la enseñanza y práctica de las virtudes se encuentra en los
medios de comunicación, en los espectáculos, en los boliches
bailables, entre políticos y gobernantes, en la guerra interminable
entre religiones, entre religiones y sectas, en los conflictos
mundiales, etc., etc. y en nosotros mismos.
Para concluir propongo que se busque el tiempo y se creen espacios
para enseñar las virtudes universales humanas, una hora por día
puede reunirse la familia y leer una virtud por vez, comentar
experiencias relacionadas con dicha virtud, dar ejemplos de vida, se
pueden hacer reuniones vecinales; en las escuelas debería existir
una asignatura con un texto o manual para enseñar y aprender las
virtudes y ponerlas en práctica, crear juegos y entretenimientos con
virtudes, detectar las virtudes en los deportes y premiar no solo al
que realiza más puntos, sino también al mejor compañero, al más
servicial, al más humilde, al más honesto, al más decente, etc.
Se está hablando mucho de la solidaridad en diarios y noticieros
televisivos, pero ésta es tan sólo una entre cientos y cientos de
virtudes que están esperando pacientemente que las descubramos y las
pongamos en práctica.
Esta es mi humilde propuesta para salir de la crisis de valores en
que está inmersa nuestra sociedad actual y quizás una alternativa
para resolver muchos problemas que nos afectan a todos los seres
humanos que habitamos este planeta.
Juan Varga
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